Si nos fijamos en lo esencial, al final resultará que el éxito de todo en lo que a comunicación se refiere gira en torno a la reputación de la persona, de la empresa y hasta de la institución; que las instituciones, por muy altas que parezcan, no son tan sólidas como llegarona a parecernos. Quizás incluso podríamos decir que se reduce sólo a eso: La percepción conjunta de la actividad y el papel que juega X en el conjunto social, o al menos en su entorno relacional.

Una vez más diremos que alcanzar una buena posición en este aspecto requiere de una estrategia de comunicación, claro, que integre todos los aspectos y disciplinas, claro; pero también -y esto sitúa al estratega y al comunicador en un papel clave en la dirección ‘real’ de la empresa-, que esté en consonancia con la propia empresa y su estrategia global. En todos los sentidos. Ya no será, pues, un asesor con más o menos poder ejecutivo sobre las cuentas de su departamento, sino un miembro del cuadro de la alta dirección. Si la actividad de su empresa entra en contradicción con sus mensajes clave, el efecto negativo progresa geométricamente.

A estas alturas, no creo que nadie deje de tener claro que la comunicación es más importante hoy que nunca; pero tampoco creo que nadie ignore, o al menos intuya, que las limitaciones y los riesgos son también más altos y más claros que nunca antes.