Últimamente ando dándole vueltas a los procesos-tipo de planificación estratégica porque, se diga lo que se diga, sobre todo desde las ubicuas reexplotaciones universitarias, no hay modelos de planificación estratégica que estén del todo bien aplicados para el caso de ciudades y/o territorios. No, desde luego, cuando entran en juego paticipación y gobernanza, que las más de las veces se apañan dando entrada en los dichos procesos a algunas organizaciones sin cierto ni concierto. Y yo, venga mirar y remirar unos y otros y darles vueltas.  Y, sin poderlo evitar, acabo por ver que resulta que casi cualquiera es bueno, con tal de que sea proceso y respete una metodología.

Al menos para mi, no hay modelo que no sea universalizable.  Permitaseme el palabro.  Quiero decir que cualquier patrón es válido para ser aplicado a otros casos que no sean los que le dieron origen; con las debidas adaptaciones, claro, pero cualquiera sirve para cualquiera.  En realidad es una asunto muy fácil: elegir, decidir y seguir.

Fíjense en Sevilla, que acaba de echar a andar su camino para llegar felizmente a 2020.  El plan estratégico que la ciudad diseñó para 2010 presenta hoy resultados y permite una visión con la que empezar a trabajar para el horizonte de 2020. Nada raro: muchas ciudades lo hacen y buscan ordenadamente sus estrategias para futuros que dibujan mas o menos explícitos.

El caso de Sevilla no es el mismo que el de muchas de esas otras ciudades porque Sevilla dice estar empeñada en la participación de la ciudadanía en sus decisiones: busca la participación.

En el proceso anterior, el que traza hasta 2010, la planificación no contó realmente con participación en el sentido en que entiende eso el discurso de la democracia moderna. Si hubo sindicatos, organizaciones empresariales, universidades, asociaciones… muchos representantes representativos -entiéndase la maldad- de corporaciones y un sinfín de empleados de la propia administración municipal que figuraron, mezclando lo interno con lo externo, lo que no es del todo correcto. Hubo representantes, pero no hubo participantes.  Y el proceso, aunque correcto, no fue el mejor.  Ni respondió realmente a los deseos de sus impulsores.  La planificación de Sevilla 2010 utilizó un modelo obsoleto, más apropiado para una entidad menor, sólo necesitada de la decisión y el soporte de sus promotores, que para una ciudad, cuyos fines nada más se alcanzan a través de una rama compleja de acciones, interacciones y reacciones.

Para 2020, Sevilla no ha variado sustancialmente su modelo y ha comenzado a planificar con las mismas tesis, aunque, está bien decirlo, porque muestra la preocupación de quienes lideran el proyecto polìtico, con la intención de cuidar determinados detalles que han sido advertidos como errores de proceso y que tienen que ver directamente con la cuestión participativa.

Pero no mejorará. Por dos razones muy sencillas: la participación de los actores en la planificación estratégica debe ser activa e interesada, no representativa ni ceremonial, y ésta participación debe partir justamente desde el momento cero del plan, es decir, desde la definición de la visión que establece el punto de partida del proceso, que nunca debe ser establecida desde la dirección del mismo.

Ya saben, un plan estratégico no es otra cosa que un camino trazado para llegar desde donde estamos hasta donde queremos estar.  En una empresa -residualmente, cada vez es menos así- solía ser la dirección la que trazaba ambos puntos y luego buscaba el asesoramiento y las ideas para el camino de expertos y de la inteligencia jerarquizada de la propia organización.  Eso está cambiando a una velocidad de vértigo porque en las empresas ya se sabe que el éxito depende de todos los que integran el proyecto y hasta de su entorno de intereses.  No sólo de su CEO o de sus directores técnicos, comerciales o financieros: el mundo es hoy más complejo que eso.

Pues en una ciudad y en un sistema democrático debe ser todavía más: la visión y el escenario final deben ser acordados por todos los implicados posibles.  Cuantos más mejor, porque en una ciudad no van a valer lo mismos recursos que unea empresa tiene para sortear los baches ni se van a poder tomar decisiones correctoras con la misma facilidad con que lo haría un equipo directivo y hasta un consejo de adminitración, en una ciudad las decisiones, a veces, hasta necesitan de procesos electorales.  Y en esos casos, los retos, las estrategias, o se entienden colectivamente, comprometidamente, o se convierten en intrumentos de grupos, sacrificables fácilmente en cualquier ocasión por cuanto son poco identitarias.  Y así, se van al garete. Lo que, por otro lado, es lo que viene siendo normal, lamentablemente.

Pero Sevilla no quiere caer en errores, lo se.  Así que recomiendo una  revisión de su metodología, ahora que no ha hecho más que empezar.  Y de su lista de stakeholders, muy fundamentalmente.  Si lo que se quiere es lo que se ha expresado que se quiere.