De entrada diré que soy cliente de Mercadona, como tantísima gente, y lo seguiré siendo si la política de precios y productos de la compañía continua por donde va.

Ya como menos gente, suelo  estar pendiente de la evolución de esta empresa que ha conseguido situarse, con una carrrera sin precedentes, en el primer puesto de su sector y con indicadores más que brillantes.

Mercadona es la primera en facturación (21.000 millones), en rentabilidad (611 millones en 2015), en plantilla (76.000 empleados), en reinversión ( 40% de los beneficios), en condiciones laborales (salarios muy por encima de la media del sector y 277 millones en primas respartidas en 2015 entre los trabajadores)…  y todo lo que se quiera: como alguien dijo, Mercadona es un éxito empresarial que parece no tener techo.  Y si ya metemos en el cuadro a los llamados “interproveedores” -ese método que tanto me recuerda a López de Arriortúa- las cifras son mareantes.

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Ahora bien, el programa Salvados de Jordi Évole, dedicado a Mercadona y emitido ayer por televisión, puso de manifiesto un par de debilidades que una empresa de esa envergadura no debería permitirse; por relaciones y por seguridad de todas las personas que están detrás.

Mercadona no tiene una narrativa elaborada de su cultura empresarial -peculiar, como sus resultados- que sirva para llegar a la opinión pública en general.  Ni parece que se hayan ocupado de eso, porque si es reconocido que la tienen para los restringidos círculos financieros y de negocio.  Ayer en La Sexta destacaron visiblemente las dificultades por las que atravesaron los portavoces de la empresa para explicar amable y convincentemente sus argumentos.  Hubo momentos en que las respuestas de los ejecutivos a Évole -cuya entrevista era de un amable que también llamaba la atención- parecían propias de una declaración de un imputado ante un tribunal de justicia, bajo indicaciones de un abogado defensor.

Y no era eso.  Tanta tensión, tan visible; tanto esquematismo en las respuestas, que no argumentos ni explicaciones en la mayor parte de los casos; tanto cuidado en cada palabra para no correr riesgos…  lo que demostraron al final, por pasiva, fue que estabamos ante una empresa demasiado acojonada ante la situación y que en realidad no tenía respuestas solventes ni positivadoras a las cuestiones planteadas.

La impresión fue de opacidad, de que había mucho que ocultar.

Y no creo que sea así, a pesar del puñado de casos fallidos que se conjugaron en el programa, a pesar de las capañitas de descrédito que sobre Mercadona circulan recurrentemente por las redes.

Sinceramante, creo que esta empresa tiene más en su haber -también en el social- que en su debe.  Pero queda claro que no tiene en su equipo a personas capacitadas -no digo que no puedan hacerlo, digo que no están capacitadas, preparadas- para comunicarlo y/o está falta del asesoramiento adecuado.  Quizás es que miran demasiado hacia dentro, quizás es que fían demasiado a las métricas… y no bastante a las emociones.