La Ley de Metcalfe dice que el valor de una red aumenta proporcionalmente al cuadrado del número de integrantes.  Esta ley, que muchos incluso consideran excesivamente conservadora, ya nos bastaría y nos sobraría para justificar la importancia de lo que se ha dado en llamar viralidad en las redes sociales.

Aunque no conozco a mucha gente que se haya atrevido a definir qué es la viralidad, yo pecaré como siempre de atrevido y apuntaré una: la viralidad es aquel proceso por el que determinado contenido distribuido en las redes sociales adquiere vida propia y produce un efecto contagio entre los usuarios, que se convierten en propagadores autónomos y corporativamente desinteresados. Ahí la dejo, para la controversia. Y quito , pues, al término la cursiva…

Vamos. La cuestión importante de la viralidad no es tanto su definición como su operativa. A la pregunta de cómo se consigue que determinado contenido se convierta en viral si que hay poca gente capaz de contestar y, cuando alguien lo hace, suele hablar de asuntos propios y hasta de suerte y hasta de magia.  Asumiendo, por la experiencia, que la comunicación es una ciencia tan imprescindible como inexacta, si que debemos aceptar que hay algunas claves que comparten la mayoría de los contenidos que alcanzan esta categoría que, tengámoslo en cuenta, puede llegar a retornar cotas de rentabilidad para las empresas difícilmente imaginables por otras vías.  Tienen que ver con la topología, con el proceso y, sobre todo, con las razones por las que los usuarios actúan.

Algunas de esas claves han sido esquematizadas brillantemente por la gente de Voltier Digital en una infografía que les dejo.

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