Con la responsabilidad social corporativa (RSC) ha pasado lo que se sabía que iba a pasar: empezó como un compromiso y se ha convertido en un paripé.

Lo que parece importar en la práctica no es que tal o cual empresa asuman su dimensión social y se preocupen de positivar y convertir en relevantes sus relaciones con el entorno -en todos los sentidos del término-, sino cómo se utiliza este tinglado para lavar la imagen de algunos, apoyándose naturalmente en la sempiterna bondad de la gente.

La RSC, cuyo paradigma mas reconocido fue formulado por Naciones Unidas en su Global Compact a principios de siglo, se definía asi:

El Pacto es un marco de acción encaminado a la construcción de la legitimación social de las corporaciones y los mercados. Aquellas empresas que se adhieren al Pacto Mundial comparten la convicción de que las prácticas empresariales basadas en principios universales contribuyen a la construcción de un mercado global más estable, equitativo e incluyente que fomentan sociedades mas prósperas.

Hoy pocos se creen tan grandes palabras. Para la mayoría, lamentablemente, todo esto de la RSE se ha convertido en una nueva oportunidad de apantallamiento, en un argumento para la propaganda, vacío de contenido. ¿Se acuerdan del Don Guido machadiano?… ¿de “aquel trueno vestido de nazareno”?… Pues eso.

Bastaría con mirar qué empresas y corporaciones lideran todo este jaleo de la RSE en España e informarse de algunas de sus practicas empresariales dentro y fuera de nuestro país. Muchas de ellas son continuamente denunciadas por hacer justo lo contrario de los que predican: explotación laboral, falta de libertades en su seno, trabajo de menores, discriminación de género, daños medioambientales… Y colaboración con la corrupción; con la política, pero también con la de las empresas y organizaciones, que algún día habrá que hablar de ello.

Nada de eso parece importar. Sin compromiso real y sin contenido, todo el foco se dirige a las formas. Y así proliferan modelos y herramientas para jurar y rejurar lo responsable que es tal o cual empresa, otras para valorar en términos económicos lo importante de sus supuestas políticas y clubes o asociaciones para crear escenarios, generar visibilidad y codearse. En realidad, la misma explotación económica de todo este asunto es lo que actúa como motor del espectáculo. Y la que genera o ampara las mayores distorsiones.

La esperanza está, como siempre, en las pequeñas y medianas empresas… Tras el telón, fuera del alcance de fotos y flashes  un grupo infinito de pymes, acostumbradas a una relación directa con su entorno, con el medio en que se desenvuelven y con las gentes con las que viven, progresan en valores y compromisos similares a los promulgados. Pero a diario, de manera palpable, de verdad de la buena.

Los medios, como no es negocio, no prestan atención al fenómeno. Los periodistas, como es habitual, ni se enteran. Y los responsables políticos  los que dirigen nuestras ciudades, nuestras regiones o nuestro pais, a lo suyo: con quien mas relumbre…

Algo habrá que hacer. ¿Ideas?

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