Minería y opinión pública han formado tradicionalmente un binomio de difícil gestión y que a menudo ha dado resultados nada satisfactorios para ninguna de las partes. Sin embargo la opinión pública es un elemento equilibrador de las decisiones políticas y éstas inciden cada vez más y directísimamente en la regulación de los recursos naturales y en sus condiciones de explotación.

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Hace algunas décadas esto no era así.  Las mineras negociaban con los estados y sus acuerdos solo traspasaban las paredes de los despachos cuando eran visibles en la práctica.  Los interlocutores estaban bien definidos y la opinión pública era además bastante limitada, efectiva y territorialmente.

Pero hoy, en un escrutinio político permanente y con una sociedad de la información que ha multiplicado indefinidamente sus canales y sus consecuencias sociales, la gestión de las relaciones públicas y de la comunicación de las empresas mineras se ha convertido en una prioridad del sector, más aún cuando se trata de una actividad que arrastra un estado de permanente sospecha y que ha sido percibida históricamente de forma negativa salvo para sus beneficiarios directos.

Todo esto requiere ir hoy más allá de las simples actitudes empresariales de siempre o de la expresión o suscripción de determinados valores sobre el papel y las donaciones para obras sociales y caritativas, para trabajar sobre planificaciones estratégicas, diseñadas en términos de realidad y evidencia, en los ámbitos de la comunicación y las relaciones con la comunidad.

Se trata de conseguir lo que se quiere, consolidar lo que se tiene y asegurarse la mejor posición hacia el futuro, generando ventajas competitivas y posiciones determinantes no sólo en el plano industrial sino en el entorno social y político en el que se opera.

Para eso es recomendable una predisposición a tener, desde el principio de los principios, desde el primer papel que pueda resultar trascendente, todas las vías de comunicación abiertas con el ese entorno: esa es de hecho la base imprescindible para ganar la confianza de sus públicos y grupos de interés.

Porque para una entidad minera, cuyo mercado no está orientado al gran público y cuyos productos se cotizan a través de canales muy especializados, la principal utilidad y objetivo de la comunicación estratégica debe estar en la obtención de confianza. No la simpatía, la confianza.  Esa es la clave, la que asegura la credibilidad de sus planes y lo que garantiza el desempeño de su actividad en condiciones favorables.

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En un reciente plan estratégico para la minería argentina, donde se había detectado, como en el resto de latinoamérica o en el propio Plan de Ordenación de los Recursos Minerales de Andalucía (PORMIAN), un  déficit de comunicación que resultaba una clara debilidad del sector,  lo expresaron muy bien:

“Una estrategia de comunicación implica comprender el contexto en que se desenvuelve la industria y entender el modo en que la industria es comprendida por los sectores antagónicos y sectores a favor. Al mismo tiempo posicionar los beneficios propios de la industria y aclarar los malos entendidos respecto de los perjuicios de la misma. Una vez diagnosticado esto hay que visualizar a los receptores clave para poder dar un mensaje concreto y unívoco. Este mensaje debe tener canales legítimos y amplios de difusión para que el mensaje llegue y sea efectivo. Al mismo tiempo toda comunicación también se nutre del feedback, es decir de la palabra de sus receptores”.