El mundo profesional lleva años dedicado a discutir los límites entre el marketing, las relaciones públicas y la publicidad. Las diferentes industrias de cada uno de estos sectores, afirmando la supremacía del uno sobre las otros y la subsidiariedad posterior de los otros dos.

Debate inútil, a estas alturas. El tiempo ha pasado por encima de esas cuestiones, resolviéndolas por integración: hoy todo es un universo de posibilidades y opciones con las que se contruye la estrategia de comunicación según medios y objetivos.  Quién no entienda esto, se ha quedado atrás y es con toda seguridad inseguro e ineficiente.

Pero esta respuesta se ha obtenido empíricamente, ha sido la fuerza de los hechos lo que ha determinado el dominio de la comunicación integral.  Ahora bien, nada que ver con lo que hasta hace dos cuartos de hora se venía llamando por este nombre: la ‘comunicación integral’ no es ya la prestación de una serie de servicios variados que cubren en mayor o menor medida las necesidades de comunicación de una empresa o un proyecto, como siempre se ha  entendido; no es un asunto de multidisciplinariedad, sino de INTERdisciplinariedad.

Asi que, ojo, no crea al instante en quien le ofrezca integración, compuebe siempre de qué habla antes de contratarlo.  Es una cuestión de resultados, lo que quiere decir también de dinero.