(Apuntes a partir de “El periodista universal”, de David Randall)

El periodista argentino Jorge Lanata dice tener registrada la cabecera de un periódico que no sería periódico porque saldría y se llamaría “Cada tanto”. Sostiene Lanata que sólo “cada tanto” y nunca cada día se produce alguna noticia que merece ser tenida por tal y contada finalmente a los lectores. Será un farol, claro, pero sostiene idealmente una teoría del autor que viene a decir que diariamente los periódicos se llenan -se rellenan, diría él- de algo que podríamos denominar “producción industrial de información”, que no tiene nada que ver con lo noticiable y que no es siquiera relevante en la mayoría de los casos, cuando no directamente forzada e incluso inventada. El periodismo tradicional siempre consideró como noticia aquel fenómeno o detalle de la actualidad que era publicado en un periódico, otorgando, de ese modo, a los propios periódicos la facultad de determinar qué es lo noticiable.

Es aceptada generalmente la idea propuesta por Lacan de que la realidad es pura fenomenología. Descartadas las antiguas filosofías, en la práctica sabemos que la realidad se forma exclusivamente por lo que percibimos. La actualidad también, claro; y en los últimos tiempos -por ser optimistas: tal vez haya sido siempre así desde que dejaron de ser diarios de avisos- los periódicos han emprendido un camino mucho más rentable que el de servir sencillamente noticias: construir la actualidad, construir la realidad. En medio de todo esto estamos los periodistas. Consciente o inconscientemente.

En su popular libro “El periodista universal”, David Randall parece creer que los periodistas podemos y debemos intervenir decisivamente en este proceso, actuando en favor del lector y procurando en todo caso una información profesionalmente aceptable y éticamente correcta. Desde ahí reflexiona sobre la casuística del trabajo de informar, ofreciéndonos un catálogo de notas prácticas que compendia los aspectos que el autor considera más importantes en la practica diaria de los periodistas, aliñado con recomendaciones y anécdotas que los ilustran.

Esta reflexión es implícita. En una primera aproximación, para un periodista que lleva en esto casi tanto tiempo como Randall, como es mi caso, el libro no parece sino una serie de perogrulladas sistematizadas. Algo superficial, que no invita a la lectura. No en vano, algunas librerías que lo venden en su versión original, lo anuncian como un libro de anécdotas; el libro más vendido sobre periodismo en ingles, eso si, pero un anecdotario.

Esa cualidad lo convierte en accesible. Es entretenido leerlo, bueno para el verano. Como escuché en cierta ocasión a Luis del Val, “es que la anécdota es fácil de comprender y hasta divertida…”. En este punto, tiene ya una primera utilidad muy recomendable. Bajo esa apariencia superficial se encuentra una reflexión ordenada, bien estructurada, sobre los aspectos más cotidianos del ejercicio periodístico. Cierto que no es un sesudo trabajo de epistemología, ni siquiera un ensayo deontológico: es un manual práctico, un recetario. Y en cierto modo se parece a los de cocina: describe recetas que sabemos que nunca haremos junto con otras que nunca cocinaremos tal y como se explican y, por fin, algunas que trataremos de llevar al plato; pero igual que estos, su lectura nos ayudará a desenvolvernos en general en la cocina con cierta soltura.

Aún puede sacarse más. Los puntos suspensivos de la anterior cita a Luis del Val indican que su frase no acababa allí, sino aquí: “…para descubrir la categoría, en cambio, hay que pensar”.

Y también el trabajo de pensar puede hacerse a partir del libro de Randall. Aunque aparentemente simple, a pesar de su candor general y su romanticismo -que hasta su prologista español, Joaquín Estefanía, destaca-, “El periodista universal” puede considerarse una obra de referencia, una fuente relevante que sumar a los recursos que nos permiten comprender la evolución de la profesión periodística. Si se quiere, hasta un paradigma desde el que observar la realidad de la profesión periodística; una herramienta que, sobre todo por los jóvenes, puede usarse como referencia previa que cruzar con la propia experiencia para obtener conclusiones propias.

Con el filtro y las precauciones debidas, cada cual con su propio mobiliario intelectual. Porque lo que Randall cuenta es un modelo ideal, de ahí que lo tilden de ingenuo. La realidad es distinta.

En la tarea de construir diariamente una realidad a convenir, en la que se empeñan cada vez más empresas de periódicos del mundo global, los periodistas, sobre todo los que no ocupan puestos directivos, han perdido la mayor parte de su papel, han dejado de ser protagonistas se han quedado como figurantes con frase: han dejado de ser el factor principal de la noticia para convertirse, de un modo alarmante, meros transcriptores de las mismas. Ni siquiera conservan la capacidad de asignar a los hechos esa cualidad: es general que ya se sepa lo que va a convertirse en noticia aún antes de que esta se produzca.

Digamos que las fuerzas e intereses que inciden sobre los medios han dejado de considerar a los periodistas como elemento relevante y tratan directamente con las empresas, quienes a su vez han desconsiderado a los profesionales en la práctica. Hay que aclarar que esto no sucede mediante acuerdos, imposiciones o pactos en concreto, salvo en casos a partir de cierta envergadura, sino que se manifiesta de una manera sutil, a través de la práctica relacional de las empresas y de determinados preceptos prejuzgados y asumidos de antemano por los propios periodistas. Claro también que todavía quedan parcelas en las que esto se suaviza, quizás algunas en lo local y otras en secciones muy especializadas, pero no es la tendencia.

Nick Davies es periodista de The Guardian y autor de “Flat earth news”, un libro que ha publicado a partir de una investigación llevada a cabo por él mismo con la universidad de Cardiff. Para entendernos, a Davies le preocupa el grado de realidad que hay en la realidad publicada. Especialmente se fija en los casos de falsos acontecimientos, de fenómenos aparentes, elaborados frecuentemente desde los despachos de relaciones públicas (modelo anglosajón), que pretenden y consiguen configurar en una medida importante la realidad percibida de cada día. Por ahí va el título de su libro: No sólo algunas religiones mantuvieron durante siglos la creencia de que la Tierra era plana, en contra de la opinión científica y hasta de la evidencia, como es de sobras conocido, actualmente aún existen sociedades que mantienen esta afirmación y hasta se arrogan el titulo de “desprogramadores” de la humanidad defendiendo que la idea de la redondez de la Tierra es una falsa imposición. The Flat Earth Society es una de ellas.

Davies ha estudiado la actual prensa británica -los mismos patrones que corta Randall- y se ha encontrado, por ejemplo, con datos que afirman que los redactores están elaborando con total certeza sólo el 12% de las noticias, hay otro 8% de estas cuyo origen se duda y, definitivamente, el 80% procede total o parcialmente de agencias de noticias y gabinetes de relaciones publicas. Más: los despachos de agencias suponen entre el 60% y el 70% de The Times, Daily Telegraph, Daily Mail o The Independent. Y mas de la mitad de The Guardian, donde trabaja el autor.

Hoy, el trabajo de los periodistas ha aumentado y ahora cada uno escribe el triple que hace 20 años; entendiéndose a la inversa la dedicación profesional que puede dedicarse a cada pieza. Más aún, el 70% de las informaciones nacionales (Gran Bretaña) se han escrito fuera de las redacciones y han sido copiadas por estas. Sólo en el 1% de los casos se reconoce esto en la data.

Sólo es un ejemplo. El documentado y demoledor análisis que Nick Davies hace en su libro, cuyos detalles y conclusiones han sido amapliamente respaldadas por la profesión británica, demuestra que la práctica periodística de hoy nada tiene en común con lo ideado por Randall.

De todos modos, estamos en medio de un río revuelto. Al igual que los propios periódicos, la profesión del periodismo esta viviendo en estos tiempos una notable confusión, dominada fundamentalmente por la utilización estratégica de los medios por parte de corporaciones de mayor calado, que son sus dueñas, y, por otra, por los vertiginosos cambios tecnológicos que están produciéndose en el mundo y que afectan sensiblemente a todos los aspectos de la misma: desde la propia definición de periodista hasta la explotación de su trabajo, los medios disponibles o sus derechos de autor.

Lo que Randall propone, lo que refleja Davies, lo que hoy es y lo que será en unos años puede que acaben pareciéndose poco o nada. En 2017 los periódicos convencionales siguen perdiendo, los medios audiovisuales se simplifican, la red crece sin que aún la hayamos comprendido… y los nuevos medios sorprenden, marcan hitos y desaparecen con la misma facilidad. Pero siempre queda algo.

Por prudencia, en estos tiempos, no debemos tomar ninguno de estos libros del momento como una guía a seguir. Como diría el capitán Barbosa de “Piratas del Caribe”, “no hay que seguirlos al pié de la letra, tan sólo son una directrices…”