Nos pasamos la vida tapando parches y confiando en que un futuro, aparentemente incierto, nos sea benévolo; cuando sabemos a ciencia cierta que el futuro es algo que se construye en el presente. Por decisiones, por acciones… y también por omisiones.

Nuestro futuro más probable estará determinado por nuestro pasado más atávico, ese que nos lleva a odiarnos y a matarnos con afán de continuidad, y por nuestro presente más progresivamente avanzado: el tecnológico.  Tan atávico el uno, que no hay memoria histórica de otra cosa; tan avanzado el otro, que la gran brecha de comprensión de la tecnología que hoy existe en el mundo es vista por muchos como una barrera infranqueable de hecho para la mayoría de la población.

Ojo, que ya no hablo de la brecha de acceso, esa que llamamos “brecha digital”,  sino de esa otra que crece continuamente porque el avance de la tecnología es exponencialmente más rápido que el lento y permanentemente desactualizado de la alfabetización digital y que la disponibilidad de medios en un mundo en el que el mercado (la perspectiva de negocio) domina la historia.

Háganse a la idea: Recuerden la tecnología que manejábamos nosotros mismos hace diez o quince años solamente. O piensen en que, en junio de 2014, el año pasado, un jurado internacional de expertos convocados por la Royal Society, tras someterlo a un test diseñado por Alan Turing, consideró que era verdad que Eugene Goostman era un niño de 13 años.   Pero Eugene era una máquina. Ucraniana.

¿Que significa esto?

Pues significa que, como vino a decir Raymond Kurtzweil, el ritmo cada vez más acelerado del cambio tecnológico nos acerca al momento en que las computadoras puedan competir con la inteligencia humana en su mejor momento.  Las máquinas podrán diseñar otras máquinas aún más potentes y estas a su vez otras, de manera que este progreso, que ya hemos calificado como exponencial, corre el riesgo de acabar siendo incomprensible para el ser humano.

El fenómeno está a la vuelta de la esquina, en diez o quince años, y ha sido bautizado como “Singularidad tecnológica“.

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¿Y que puede suponer esto?

Dos cosas, por resumir: O que la humanidad se vaya quedando atrás porque nadie se ha preparado para comprender ese momento ni para avanzar tan vertiginosamente a su ritmo o, cruzo los dedos, que sabiendo por donde van los tiros nos pongamos las pilas cuanto antes y empecemos a trabajar duramente -si, duramente y desde ya- para tener a la mayor cantidad posible de gente preparada para liderar ese momento y, claro, esa oportunidad.  Para ese impacto que, no lo duden, será determinante a escala global.

En eso trabaja la Singularity  University (SU), que es una peculiar universidad, nacida en California en 2008 con ese objetivo y en la que están implicadas organizaciones como la NASA o Google.  “Preparing Humanity For Accelerating Technological Change” es el lema de la SU.

Pues bien, todo esto, junto con la propuesta de la SU, ha sido perfectamente comprendido por los países más desarrollados. En todo este tiempo, como ellos mismos dicen en su página corporativa, “la SU ha preparado a individuos de más de 85 países para aplicar tecnologías que ya están en crecimiento exponencial, como la biotecnología, la inteligencia artificial y la neurociencia, para hacer frente a los grandes desafíos de la humanidad: la educación, la energía, el medio ambiente, la alimentación, la salud, la pobreza, la seguridad, el espacio y el agua”.

Más de 100 empresas avanzadas han surgido de esta labor.

¿Y España? ¿Y Andalucía?

Pues lo tenemos a huevo, porque la semana que viene, desde el 12 de marzo, tendrá lugar en Sevilla la primera cumbre que la Singularity University celebra en el sur de Europa. Es un contacto en la tercera fase para nuestra depauperada y hasta desorientada economía y nuestra ciencia maltratada, y es una gran oportunidad (¿irrepetible?) de conocer, comprender y reflexionar.  De primer orden.

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Esta cumbre ha sido posible por el empeño personal de Luis Rey y el profesional del equipo que dirige el Colegio San Francisco de Paula y la Fundación Rey Goñi, verdaderamente preocupados por ir por delante y por tratar de arrastrar con ellos a la sociedad que los rodea y a la que sirven.

Veremos si somos capaces de sacarle provecho.  Lo veremos cuando evaluemos la respuesta, en interés y en resultados, que esa sociedad que es la nuestra, nuestros científicos, nuestras universidades, nuestras empresas… dan a la convocatoria.

Todavía es posible inscribirse. Y hay distintas modalidades.  Echen un vistazo a la web.

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