Me meto en política, en comunicación política, para traer un caso sobre lo sabido y lo ignorado en esta crisis de nunca acabar.  Vamos.

Los gobiernos de nuestro entorno han defendido por activa y por pasiva la bondad de los mercados. Hay quien ha dicho que no quedaba más remedio que aceptar las reglas del juego que éstos imponen; hay quien no ha considerado ninguna otra posibilidad política y hay quien ha plegado ante ellos sin el menor rubor. Y, finalmente, hay quienes han colaborado y servido activamente a los nuevos amos, aprobando leyes que favorecen su barbarie, eliminando trabas y controles, influyendo en la mentalidad de sus ciudadanos para favorecerlos… Los más.  Pocos o ninguno han hecho lo que tenían que hacer, aquello para lo que habían sido elegidos: política.

Es lo que tiene la democracia de masas, que se basa en un pueblo despreocupado de lo público, que decide sobre premisas demasiado ligeras y que raramente pide responsabilidades reales a los administradores por su administración.  Pero la impunidad que otorga, por lo general, a sus electos no los exime del juicio moral; ni siquiera de consideraciones sobre su inteligencia, su capacidad, su lealtad, su honestidad…

Aquí paro.  Este ha sido una especie de prólogo para llegar a un hecho que quiero comentarles: la ruina que vivimos, la crisis permanente, la estrategia práctica de los mercados y sus consecuencias, era algo totalmente esperable, algo anunciado, algo que se sabía que iba a pasar y que venía publicado y argumentado desde numerosas voces.  Y no voces que sonasen sólo desde la marginalidad intelectual o desde las desacreditadas instituciones universitarias, no voces de los llamados “antisistema” o de grupos de la desorientada izquierda… No. Voces desde el corazón del sistema, de personajes o personalidades -lo que ustedes quieran- que no sólo conocen las tripas del sistema sino que las guisan y se las comen cada día.

Hace unas semanas nos asombrábamos de las declaraciones de Warren Buffet, recomendando una subida de impuestos a los más ricos, sentando así precedente para lavar la imagen de los suyos cuando haga falta.   Esto me llevó a mi biblioteca por un libro que tengo bastante presente: “Globalización” de George Soros.

Soros hundió al Banco de Inglaterra en 1992 y escribió este libro en 2001. En él recoge su análisis de lo que pasaba y está pasando con el vector financiero global y propone algunos enfoques bastante reveladores y algunas recetas, que podrán gustar o no pero que hay que considerar.  Pero yo no voy a ellas. Voy al análisis.

De las cosas que dice Soros subrayo tres.  Son tres sentencias que habría que haber tenido muy en cuenta en las políticas (ejem…) económicas diseñadas por nuestros gobernantes, españoles y europeos, y en sus reflejos legislativos. Cito textualmente:

1

Es peligroso confiar excesivamente en la dinámica del mercado. Éstos están diseñados para facilitar el libre intercambio de bienes y servicios entre participantes deseosos de hacerlo, pero no son capaces, por su cuenta, de cuidarse de necesidades colectivas como la ley y el orden o el mantenimiento de la misma dinámica del mercado. y tampoco son competentes a la hora de asegurar la justicia social. Ésos “bienes públicos” sólo pueden ser provistos mediante la intervención política.

2

En los últimos años, el llamado “Consenso de Washington” ha puesto su fe en la capacidad de los mercados para corregirse a sí mismos. Esta fe se ha demostrado infundada. Desde que el capital puede moverse libremente, las crisis se ha sucedido una tras otra y el FM y se ha visto obligado a poner en marcha paquetes de ayudas cada vez mayores.

3

Dicho llanamente, los políticos no han entendido como funcionan los mercados financieros, mientras que las instituciones internacionales ha fracasado en su intento de mantener el mismo ritmo que la integración global de la economía. Las crisis seguirán siendo la plaga de nuestro sistema financiero mientras este se sigue resistiendo a una reforma significativa.

Soros es una parte singular y significativa de “los mercados”; sabe de lo que habla. Y por eso recomiendo una relectura crítica del libro.

Me consta que nuestros gobernantes lo leyeron, aunque quizás no lo entendieron del todo bien…